viernes, 11 de noviembre de 2011

Romance


Si pudiera hoy citar una crónica sobre el amor entre dos personas que fuese dolorosa, y en el más seguro de los casos, patética; pero que fuese ajena a mí, no podría hacerlo, a pesar de las que abundan desde el principio del tiempo, porque mi mente ahora está ocupada en una. Hoy podría recurrir a una sola historia de pesares, miradas fugaces, y de ilusiones perdidas, y sería de mi propia autoría, la historia me pertenece a mí, o al menos le ocurrió a una mujer y aun servidor. Dos personas separadas por intereses disimiles en la vida, y que, sin embargo, aquel enemigo mortal de la humanidad llamado tiempo se encargaría de unir y separar a su antojo, como insignificantes peones suyos a lo largo de un centenar de puestas de sol, hasta llegar un día a odiarse y amarse por igual, siempre con gran resentimiento al mirar al pasado o al futuro, lo que creó invariablemente un presente de dichas momentáneas y de una taciturnidad casi omnipresente.
Y así fue como, el hombre y la mujer que vivían del pasado y tenían la mente en el futuro, llegaron a pasar atardeceres dorados, desfalleciendo cada vez que uno de los dos debía partir, sometidos a la agonía de cuatro paredes, mientras afuera repicaban campanas. Entre ellos y toda su distancia, todo su apacible pero triste semblante, está la única prueba factible de la existencia de dios. Un espacio que aloja las ansiedades y frustraciones que propulsan ese contradictorio sentimiento, común enfermedad, elixir de vida o veneno mortal conocido como: amor.

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