Si pudiera hoy citar una crónica sobre el amor entre dos
personas que fuese dolorosa, y en el más seguro de los casos, patética; pero
que fuese ajena a mí, no podría hacerlo, a pesar de las que abundan desde el
principio del tiempo, porque mi mente ahora está ocupada en una. Hoy podría
recurrir a una sola historia de pesares, miradas fugaces, y de ilusiones
perdidas, y sería de mi propia autoría, la historia me pertenece a mí, o al
menos le ocurrió a una mujer y aun servidor. Dos personas separadas por
intereses disimiles en la vida, y que, sin embargo, aquel enemigo mortal de la
humanidad llamado tiempo se encargaría de unir y separar a su antojo, como
insignificantes peones suyos a lo largo de un centenar de puestas de sol, hasta
llegar un día a odiarse y amarse por igual, siempre con gran resentimiento al
mirar al pasado o al futuro, lo que creó invariablemente un presente de dichas
momentáneas y de una taciturnidad casi omnipresente.
Y así fue como, el hombre y la mujer que vivían
del pasado y tenían la mente en el futuro, llegaron a pasar atardeceres
dorados, desfalleciendo cada vez que uno de los dos debía partir, sometidos a
la agonía de cuatro paredes, mientras afuera repicaban campanas. Entre ellos y
toda su distancia, todo su apacible pero triste semblante, está la única prueba
factible de la existencia de dios. Un espacio que aloja las ansiedades y
frustraciones que propulsan ese contradictorio sentimiento, común enfermedad,
elixir de vida o veneno mortal conocido como: amor.
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