Mis propios sueños me martirizan, turban mi quietud, como ráfagas de lava ardiente me consumen. No encuentro así la culpa que me aqueja. ¿Por qué le doy tanta importancia a mis sueños? Solo consigue hacerme daño, no me dan la paz mental que añoro, estudian mi ser y consiguen desmoronarlo con un único golpe.
Desperté esta mañana del sueño de un amor lejano, fugado, pero aún vivo. Fugaz, pero intenso, irracional pero sosegante. Añoro tener la piel de mi amada, el rosa de sus mejillas, los suspiros, abrazos, lagrimas.. Frio y suspicaz me muestro, porque soy vulnerable e inocente. La gente habla de mí como si no estuviese ahí. Por más que me aleje de mis sentimientos, tarde o temprano me encuentran. No anhelo otra cosa más que hallar de nuevo el amor. Llegué a aborrecer y a desestimar mi propio sentir por haber sido herido, por haberme desangrado por una causa injusta. Solo quiero mirar al frente, he recuperado mi aliento y determinación para avanzar hacia adelante y hallar en el camino a la mujer de mi sueño. Que me ame como yo a ella, sin más ni menos.
Estaba en una esquina de una ciudad que parecía ser Valledupar, en un estanco, un grupo de 8 a 10 individuos teniendo una conversación entre chistes y chanzas. Parecía estar contento, con una cerveza en mi mano y una sonrisa en mis labios. En la esquina de enfrente veo a una mujer joven, de alrededor de 22 años, y una niña de 8, esperando a alguien en la acera, viendo cada carro que pasaba, pero ninguno se detenía. Mi memoria se tardó solo unos segundos en ponerle un nombre y una personalidad a dichas caras. Era mi ex novia y su pequeña hija. Mis pulsaciones se aceleraron cuando ambas se percataron de mi presencia al otro lado de la calle. De repente, uno de aquellos automóviles que pasaban a toda velocidad se detuvo frente a ellas, era un Renault 9, un modelo viejo pero bastante bien cuidado, de color verde oscuro. Lo conducía un hombre joven, casi de mi edad. Abrió las puertas mientras permanecía al volante, y ellas subieron deprisa, marchándose de ahí a toda velocidad.
Me quede pasmado, no sabía que decir, ella era un mujer de mi pasado, alguien a quien había querido y adorado por los días que pasamos juntos, y hasta separados, su amor era una llama que me consumía, que me hacía perder la razón. Peleamos y todo terminó, el amor que sentimos alguna vez por el otro, llego a una abrupta encrucijada. Su hija era también para mi alguien muy especial, una niña de infinita belleza y ternura, que me inspiró a cuidarla y a darle mi cariño y amor incondicional. Quería ser su padre, quería que su madre fuera mi mujer, casarme con ella, darle más hermanitos y vivir todos juntos, felices y dichosos.
En un momento de rabia, de decepción, de falta de aliento ante lo que había visto, ante la forma en que huyeron del lugar sin decir nada, ni siquiera una mala palabra, una sensación de abandono me dio su frio abrazo, y mi corazón, que creía haber olvidado cualquier evento pasado fuese bueno o malo, curado y suturado a medias, volvió a abrirse con violencia, a desgarrarse como había sucedido la primera vez que supe que no volvería a lado de esas dos mujeres.
No podía más, sentía que me iba a desplomar ahí mismo, frente a todos mis amigos, que iba a ser motivo de burlas por parte de ese grupillo sin nada mejor que hacer en esa noche. Le dije a dos o tres, no recuerdo quienes ni cuantos eran, pero los inste a que me sacaran de ahí, a toda prisa, debía irme, debía calmarme en otro lugar excepto en esa callejuela antigua y a medio alumbrar. Subí al automóvil de alguien y cuando pude darme cuenta me vi en otro lugar, en otra calle, en un sitio atestado de gente. Era un sitio de comidas rápidas, o algo muy parecido, como un McDonald’s con sus colores infantiles, pero sin letreros reconocibles. Todos estaban dentro del carro, trataban de preguntarme si me encontraba bien, que era lo que me había sucedido, a que o a quien vi para tener una reacción tan extraña. Pero no conteste a sus estúpidos curioseos y les dije que ya volvía, que me esperaran, la visión de ese lugar me produjo hambre, quería ir a comprar cualquier cosa para saciarme y no quería pensar más en extrañas visiones de amores pasados.
Me dirigí con apariencia decidida, como si no hubiera nadie más en mi camino y tuviera que llegar a la maldita fila del lugar por encima de quien fuera, debía formarme, esperar, comprar, salir de ahí, comer e irme sin un pensamiento más en mi cabeza. ¡Pero en la fila estaban las dos! Estaban en la caja pagando lo que iban a llevar, habían ido ahí por la misma razón que yo, por otra dolorosa coincidencia de la vida. La niña giraba su cabeza hacia mi dirección con disimulo, se acordaba de mí, de lo bueno que había sido con ella. Miraba con seriedad, con aquellos ojos curiosos, despiertos, y me sonrió. La madre acababa de pagar por su comida y se giró también para salir del lugar, fue ahí cuando me vio en el último lugar de la fila. Al verme aceleró el paso y llevaba a la niña de su pequeño brazo, con mucha fuerza la hacía caminar a su propio ritmo. Cuando paso frente a mí, yo la tome de su brazo y espete un débil “espera” ignoro mi llamado y acelero aún más su caminar, pero la niña se había soltado y estaba frente a mi diciendo: hola. ¿Por qué no me saludaste?
Yo con ojos llorosos me acerque a su pequeño oído y le dije suavemente: te quiero mucho, dile a tu mamá que a ella también la quiero con todo mi corazón.
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