Odio estar inmóvil, y sin embargo mi vida, como la vida de
la mayoría de personas en el mundo, está inmóvil. El movimiento, en cualquier
acepción, forma o modo es algo a lo que siempre aspiro, deseo moverme física o
mentalmente, caminar un tramo, o cavilar una idea.
Me gusta viajar, y no es únicamente por alcanzar el destino
propuesto, es por el viaje en sí. ¿Que implica un viaje? Una enorme pérdida de
tiempo, luego de arreglarlo todo, empacar, ponerte la ropa adecuada, de
alcanzar una estación donde compras tu boleto, te preparas psicológicamente
para aguantar, aunque la palabra aguantar no es la que más me place usar para
referirme al viaje. El viaje, por si solo, obviando el origen y el destino, es
uno de esos pocos momentos en que mi mente y mi cuerpo se reconcilian, son conscientes
el uno del otro, saben que no funcionan si no están unidos plenamente, el
cuerpo, quien es el que ha trabajado más en cada día regular, toma ahora
posición pasiva, y le permite a la mente reinar por un vasto e ininterrumpido
lapso, acuerdo que lleva a momentos de creación, evocación, auto análisis,
clarividencia, expectación, e incluso erudición. Eso si no te duermes en el
trayecto, cada quien busca su vía de escape, la sencilla o la dificultosa.
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